Aunque recientemente se está dando a publicidad un documental realizado por James Cameron, lo cierto es que hace años ya que en España el autor José Antonio Solís había publicado un libro que, con el nombre de “El Cuerpo”, investigaba y analizaba exactamente lo mismo.

 

Ofrecemos aquí un resumen del mismo.

EL CUERPO
Libro de José Antonio Solís editado el año 2001 con ISBN: 978-84-95637-07-9
(Se autoriza la reproducción citando autor y procedencia)

Recordamos al lector que el libro que ahora ofrecemos resumido se publicó no solamente antes que viera la luz el documental de James Cameron, sino también antes que "El código da Vinci".

TEXTO QUE CON PERMISO DEL AUTOR SE HA RESUMIDO QUITANDO LAS PARTES QUE FIGURAN ENTRE PUNTOS SUSPENSIVOS:

 

 

 

 

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EL CUERPO

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            Aunque con alguna licencia, para la agilidad de la narración y fácil lectura, todo lo que aquí se narra, menos algún nombre cambiado por deseo de la misma persona que lo ostenta, es absolutamente cierto. Así sucedió, y así nos lo han contado.

            Igual que en otros de mis libros, vuelvo a insistir que se ha tratado todo lo referente a religión con el máximo respeto. Y que, en cuanto a Jesús, nos referimos únicamente a su vertiente humana. En absoluto a todo lo que, por ser materia de fe, escapa totalmente a cualquier interpretación materialista. Ya que la fe, por naturaleza, es superior a lo físico y nunca puede ser alterada por ello.

 

            AGRADECIMIENTO:

            Nuestro agradecimiento al arqueólogo Zevi Greenhuth que, pese a sus reticencias, o precisamente por ellas, nos ayudó en nuestras conclusiones.
            También a la Pilgrims Inn (Hospedería de los Peregrinos) de la calle Al Rashid de Jerusalen, donde aparte del alojamiento, nos facilitaron la comunicación, taxis de confianza, ayuda en las dificultades con el idioma, etc. Con suma amabilidad.

 

 

            PRÓLOGO

 

            Fue así.
            Parece novelado, pero fue así. Todo empezó casualmente.
            Yo venía (o iba, como todo en la vida según se mire) de regreso de Holanda, tras una fugaz parada en Alemania, y pasar la noche en Bunchesgladen; donde unos nativos se empeñaron en que yo era italiano. Los alemanes, al menos los del norte, cuando ven a alguien bajito y que no es rubio, su primer pensamiento es considerarlo italiano o turco. Al no saber palabra de alemán (las cuatro de rigor, y el resto señas y gestos) me fue difícil convencerlos hasta repetir varias veces la palabra España; uno de mis interlocutores, más espabilado que el resto, enseguida añadió: Ola, ola. Y luego: Fiesta, fiesta. Lo de Ola yo creí que era Olé, pero luego averigüe que se refería a la OLA que se forma en los campos de fútbol y que ellos han adoptado con ese mismo nombre. En fin, la cultura europea actual, Ola y Fiesta. ¡Pues bien que nos va a ir así!

           

Aprovechando el viaje, pasé por París, donde me había citado con el señor Bruno Betz. Siempre me acordaré de ese viaje por dos cosas, la primera por el encuentro con Bruno y posterior (y muy rápida) gestación de éste libro. La segunda porque, ya cerca de París, pasado el aeropuerto Charles de Gaulle, hay un largo cambio de rasante a partir del cual una bajada continua y suave nos lleva a la capital. Pues justo en aquel punto un coche con matrícula belga había tenido la ocurrencia de refrenarse, hasta casi detenerse, en el medio de la autopista y ocupando dos carriles; realmente yo iba a una velocidad algo excesiva, cuando me encontré de morros con aquel irresponsable. Aún ahora no entiendo cómo pude esquivarlo. Entré en París, atravesando sus dichosos anillos de circunvalación, con el pulso alterado y clavada la imagen de aquel coche del que no me quedó el modelo, pero sí la matrícula, una de esas matrículas Belgas (antiguas, ya que ahora las cambiarán por el modelo europeo, supongo) que son inconfundibles por forma, tamaño y color. Si por un casual éste libro llegase al energúmeno, le deseo hacer saber que por mucho tiempo me acordaré de sus más cercanos antepasados y del indudable oficio de su señora madre.

           

La Autopsia de un enigma

           

 

Un curioso anillo

Todavía estaba caliente la primera edición de nuestro libro sobre la interminable madeja de Rennes-le-Château, y sus implicaciones con otra historia muy diferente de la que habíamos aprendido en las aulas (libro publicada con el título de: "La verdadera tumba de Jesús"), cuando un extraño personaje, al que tuvimos la oportunidad de conocer durante nuestra estancia en el departamento del Aude, nos salió al encuentro en las inmediaciones de la Bibliothèque Nationale de París, donde nos habíamos citado...

 

...en un primer momento, sus comentarios, más propios de una novela de espías que de un concienzudo experto en la materia, nos produjeron una cierta estupefacción: ¡nadie, salvo un loco, podía hablar con tanto empaque de cuestiones tan peregrinas!; pero el tiempo se encargaría de demostrarnos que, al igual que en la Alicia de Lewis Carrol, las verdades se ocultan muchas veces tras los más estrambóticos ropajes...

...fue esa actitud de sabuesos azuzados por el instinto, la que nos hizo reparar en el singular anillo que adornaba el grueso dedo meñique de la mano izquierda.
Para ser un hombre que parecía poseer la visión sagaz de un croupier, controlando, en un agitar constante de sus pupilas, hasta el más mínimo detalle de su campo visual, no reparó, inicialmente, en el motivo por el cual nuestras cabezas seguían al unísono los espasmódicos movimientos de su mano. Sería sólo un instante. Entonces, como una muchacha que muestra orgullosa su anillo de pedida, extendió su mano y sonrió.
— Es auténtica, del siglo I —aclaró con un punto de coquetería que chocaba frontalmente con su recio semblante—. Un Dionisos crucificado.
Engarzada sobre un anillo de oro, una antigua gema lucía, desdibujados por la acción del tiempo, los trazos de una estilizada figura crucificada, bajo la cual podía leerse dificultosamente el nombre del viejo dios. Al instante, acudió a nuestra mente la gema gnóstica del siglo II que puede contemplarse en el museo de Berlín y que lleva la inscripción de "Orfeus Bakkikos", aquella en la que algunos quisieron presentir la primitiva representación alquímica del "agua mercurial"; y otros, más heréticos (según patrones de la Iglesia Católica y de la mayor parte de las otras cristianas), aseguraron ser la efigie de los verdaderos ritos que dieron lugar a la figura de la cruz como símbolo cristiano.

Era totalmente consciente del efecto causado y se demoraba con saña en vagas alusiones a una herencia familiar. En realidad, y como en seguida se encargó de aclararnos, su aprecio por la joya iba mucho más allá del puro interés crematístico; para él se trataba de una puerta hacia lo que burlonamente solía denominar como "la memoria off the record". Una puerta que, —como haría otras veces en el futuro—, abría ante nuestros ojos, para darnos a entender que existían múltiples rutas hacia la verdad.

 

— Es como lo del huevo y la gallina. Díganme, ¿qué fue antes: la Cruz o el Crucificado, el Sepulcro o Santa Elena, la Iglesia o el Santo Sudario? —inquiría Betz como una ametralladora dispuesta a no dejar ninguna parte de nuestros cerebros libre de sus impactos.
Estaba claro que no esperaba una respuesta inmediata por nuestra parte, al menos de momento. Su impaciencia se debía, más bien, a una peculiaridad de su carácter; a la zozobra que siente un animal cuando no reconoce un paisaje como suyo, a la inquietud de un pasajero que en el aeropuerto no encuentra la puerta de embarque.
Tras el cristal del café donde conversábamos, en la acera de enfrente, una valla publicitaria anunciaba el estreno de la última película de Antonio Banderas, "The Body" (El cuerpo), que dirigida por Jonas McCord trataba sobre el supuesto hallazgo de la tumba y el esqueleto de Cristo. El Cielo, o lo que fuera, seguía enviándonos señales, y nos cruzó por la mente la pregunta: ¿Qué pruebas físicas tenemos de su existencia? ¿DÓNDE ESTUVO O ESTÁ EL CUERPO DE JESÚS?

Al final de este libro íbamos a llegar a una conclusión (o al menos posibilidad) realmente IRONICA Y DESCONCERTANTE y sin embargo absolutamente lógica y plausible... Pero no adelantemos acontecimientos. Para ello tuvimos que hacer mucho recorrido, de mente y de kilómetros, hasta llegar a Tierra Santa.
           
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El escenario del crimen

Para cualquier persona que visita Jerusalén resulta asombrosa la contigüidad existente entre los distintos lugares en que se desarrollaron los principales acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús. Hasta tal punto que las últimas cinco estaciones (sustracción de sus vestiduras, X; clavado en la cruz, XI; muerte en la cruz, XII; descendimiento de la cruz, XIII; y entierro, XIV) se sitúan dentro de la Iglesia del Santo Sepulcro, situada en la actual Ciudad Vieja. Y si la extrema proximidad sorprende, más aún la precisión con que se han ubicado tales hechos; sobre todo cuando se comprueba que, durante los doscientos años que siguieron a la muerte de Jesús en esos parajes, no existió ningún monumento que señalara los sitios relacionados con su vida.
No obstante, la historia atribuye el posterior hallazgo a la perspicacia de Santa Elena, madre del emperador Constantino el Grande, que al toparse con un templo pagano dedicado a Venus, supuso que Adriano lo había erigido justo encima de los Santos Lugares, para de esta forma borrar cualquier huella del fundador del Cristianismo, lo cual no tiene ninguna lógica y menos aún documento histórico en que asentarse. Fue entonces cuando se descubre el Sepulcro, el leño de la Cruz y los clavos, y cuantas reliquias que posteriormente se repartirían y, milagrosamente, se multiplicarían por todos los templos de la Cristiandad.
Tras la demolición del templo pagano, en el siglo IV, Constantino mandó construir una basílica de grandes dimensiones de la que todavía hoy se pueden apreciar algunos vestigios, aunque la actual estructura date en su mayoría de la reconstrucción efectuada en el siglo XII por los Templarios. En su interior se localizan diversas capillas, dedicadas a los trágicos eventos de la Pasión. Allí se encuentran el lugar del Calvario y no muy lejos la piedra de la Unción, en donde fue depositado el cuerpo de Jesús para embalsamarlo. Pero también alberga otros objetos curiosos que, nacidos de la tradición, nos muestran indicios de una cosmogonía más amplia: Junto a la rotonda que alberga el Santo Sepulcro se halla una estancia llamada "katholikon", sobre cuyo pavimento, que data de las cruzadas, está colocada una copa o grial, que al parecer fue esculpida con la piedra que cayó de la frente de Lucifer cuando se precipitó en los infiernos, y que durante el medievo fue conocida como "el ombligo del mundo", o sea, el centro del universo...

 

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Datos sobre un martirio

Puesto que en la tumba y sus inmediaciones encontramos demasiadas pistas, —lo cual, a veces, es tan malo como no encontrar ninguna—, se hace necesario analizar las causas de la muerte de Jesús; un problema bastante difícil de resolver cuando no se dispone del cadáver. Sin embargo, gracias al descubrimiento realizado en 1.968 en los alrededores de Jerusalén, disponemos del esqueleto de un crucificado, de nombre Yehohanan, que fue ajusticiado en la misma época que Jesús,.

Antes debemos aclarar que la crucifixión no es un martirio que patentaran los romanos, por mucho que Cicerón y Hollywood se empeñaran en hacérnoslo creer. Tanto asirios, como persas, egipcios y griegos, acostumbraban a utilizar este brutal castigo, que unía a la dilatada tortura las ventajas de un efecto ejemplarizante.

La "infames stipes patibulum", también llamada "crux" (cruciare en latín significa atormentar), como castigo más extendido en la época romana, establecía muy claramente que el reo debería ser atado o clavado a un madero (patibulum), con un peso aproximado de 35 kilos, que transportaría hasta el lugar de ejecución, para después izarlo a un poste vertical del que colgaría. Este poste vertical (stipes), contrariamente a las versiones pictóricas, tenía forma de "T" y no rebasaba la altura de un hombre y probablemente se trataba de un tronco sin desbastar, limitándose a clavar o atar los pies del condenado sobre un apoyo (suppedaneum) con las piernas flexionadas. En esta posición, a la víctima le era prácticamente imposible respirar, lo que le obligaba a hacer fuerza con las piernas para aliviar la presión de los músculos sobre su pecho. La muerte, en la mayoría de los casos, sobrevenía por asfixia, más que por las heridas. Un martirio cruel y lento, que podía alargarse durante dos o tres días. Los verdugos solían aplicar una medida de gracia (crurifragium), que normalmente ha sido confundida con un gesto de sadismo: de un golpe le truncaban las piernas al crucificado y, éste, incapaz de sostener su cuerpo, se veía imposibilitado para respirar, falleciendo más rápidamente.
Existen muchas representaciones de este martirio en la iconografía religiosa, pero dado que a muchos de los crucificados se les enterraba en fosas comunes y se les retiraban los clavos para desprenderlos de la cruz, se hacía realmente difícil la posibilidad de encontrar algún esqueleto que pudiera ser identificado como tal. Fue gracias, —y perdón por la expresión—, a los problemas surgidos en la crucifixión de Yehohanan, que los científicos pudieron disponer de un esqueleto con esas características. Como veremos más adelante, llegamos a ver y fotografiar personalmente estos huesos...

...es bien sabido que, por la importancia de sus restos históricos, nadie puede realizar ningún tipo de excavación en Jerusalén, sin antes someter el terreno a una inspección arqueológica. Y cuando, en 1.968, los constructores de un nuevo complejo residencial en las cercanías de la ciudad, esperaban con impaciencia los resultados para iniciar las obras, se encontraron con la desagradable sorpresa, —para ellos—, de que se habían descubierto tres cuevas funerarias con los restos de treinta y cinco individuos; uno de los cuales, hallado en un osario con la inscripción Yehohanan y que, por los análisis posteriores, se trataba de un joven de entre 24 y 28 años, había sido crucificado. A esta conclusión se llegó por el descubrimiento de dos huesos del talón perforados y unidos por un único clavo grande de hierro. Parece ser que se había utilizado este clavo para sujetar a la víctima en la cruz; pero debió dar con un nudo de la madera y doblarse, por lo que impidió la fácil extracción del mismo, a la hora de retirar el cadáver de la cruz. Este inconveniente hizo que se vieran obligados a amputarle los dos pies juntos, arrojándolos con el resto del cuerpo; lo que permitió identificarlo.

Tras el descubrimiento se pasó a analizar los otros restos del esqueleto, encontrándose el roce de un objeto de gran dureza (probablemente un clavo) en el antebrazo derecho,  en la cavidad existente entre el cúbito y el radio, a la altura de la muñeca. Esto viene a contradecir las versiones pictóricas donde aparecen las manos atravesadas, ya que sería imposible que aguantaran el peso de un cuerpo sin desgarrarse. Lo más lógico es que los verdugos romanos, buenos conocedores de su oficio, supieran que el hueco óseo antes citado permitía una mejor sujeción, además de un mayor espacio para introducir el clavo. El raspado que se aprecia no sería más que la consecuencia de las contorsiones desesperadas de la víctima para facilitarse la respiración. También se pudo comprobar la fractura de ambas tibias y del peroné izquierdo, producidas por un fuerte golpe seco, que a todas luces puede interpretarse como el acostumbrado golpe de gracia o "crurifragium", para acelerar el fallecimiento del condenado.
Con todos estos datos y tomando en cuenta la situación de las heridas, se pudo establecer que el cuerpo de Yehohanan, de una altura cercana a los 170 cm, se hallaba con las piernas totalmente flexionadas, lo que coincidía con la versión de que se utilizaban cruces de muy escasa altura, donde el condenado se hallaba casi a ras del suelo.
Esta comprobación no tendría por qué plantear problemas con la clásica representación de Jesús crucificado en una cruz elevada; existen testimonios, como los de un historiador que refiere la ejecución de los esclavos tras la rebelión de Espartaco, en que se habla de «altas cruces», tal vez como una medida ejemplar en los casos de ajusticiados que gozaban de cierta popularidad. Lo que sí puede afirmarse, sin temor a equivocación, es que la cruz en la que suele representarse al Nazareno, compuesta por dos tablones perfectamente ensamblados, se aleja bastante de la verosimilitud; teniendo en cuenta el elevado sentido práctico de los romanos, se trataría más bien de un tronco de árbol sin trabajar, al que se colgaba el madero transversal....

...gracias a esta valiosa información, nuestra búsqueda de una descripción fehaciente de Jesús empezaba a contar con algunas sólidas premisas que nos serían de mucha utilidad en posteriores encuentros. No teníamos todavía una evidencia física; pero sí contábamos con ciertos parámetros a los que debía necesariamente ajustarse, en el caso de encontrarla.

 

La verdad de Verónica

Al llegar a este punto, pasamos a un grado superior en la busqueda del CUERPO. Al de la imagen.

Aquí solamente tenemos dos posibilidades que la tradición no da como excluyentes, pero sí la razón: El velo de la Verónica y el Santo Sudario. Objetos que se atribuyen poseer la impresión física del CUERPO de Cristo

...¿Pero, de dónde surgió la leyenda de la Verónica? En los evangelios no existe ninguna referencia a esta mujer, sin embargo aparece en la VI estación del Viacrucis en Jerusalén, donde se encuentra la iglesia de Santa Verónica. La mayoría de los expertos sostienen, por su parte, que fue una historia inventada para justificar la existencia de la reliquia y fomentar su devoción.
Aunque tradicionalmente se la nombra como Verónica, derivación del apócope de la expresión "Vera Icona" (verdadera imagen), el relato habla de una tal Serafia, mujer de Sirac, miembro del Consejo del Templo. Serafia, al conocer la condena de Jesús, había salido a la calle, con la intención de ofrecerle al Nazareno un vaso de vino que aliviara un poco su dolor...

...Si bien existen indicios relacionados con el velo desde el siglo VI, y que mencionan que la reliquia fue posteriormente ubicada en una capilla de Roma, construida ex profeso por el papa Juan VII, en el año 705, —el mismo año en que desapareció de Constantinopla el "Acheiropoieton" ("no hecho con las manos"), que también era una imagen del rostro de Cristo—; es a partir del siglo XII y hasta el año 1.608, en que se tienen noticias de la presencia del "velo de Verónica" en la Basílica de San Pedro de Roma...

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El sudario plegado de Edessa

Edessa, al sur de Turquía, fue una de las primeras ciudades sirias en donde se implantó con fuerza el cristianismo. Posiblemente, dado que es el primer caso datado de la aparición de una imagen de Jesús, (en una pared a la entrada de la ciudad), también sea donde se originaron las posteriores leyendas relacionadas con el "velo de la Verónica". Pero, lo que más nos atrae de este caso, es que podría ser la explicación perfecta para la repentina aparición del Santo Sudario, en la localidad francesa de Lirey, en 1.355...

...en el 944, el emperador romano bizantino Romanus Lecapenus se apodera del lienzo, tras un largo asedio de un año, en el que los habitantes de Edessa intentaron engañarlo con sus mejores copias.
La imagen fue trasladada a Constantinopla, donde fue recibida con todos los honores y alojada en la capilla imperial del Bucoleon. Quizá fue allí donde pudo observar la Mandylion un miembro de la corte llamado Constantino Porfirogenitus, y que luego describiría, en su Narratio de Imagene Edessena, como «una secreción húmeda, sin color alguno ni ayuda artificial», lo que no sería lógico en la apreciación de una pintura, pero sí se aproxima a la descripción del Sudario.

En el año 1.201, el patriarca de Constantinopla, Nicholas Mesarites, después de examinar la reliquia, manifestó: «Aún huele a perfume, ha desafiado el deterioro porque envolvía el inefable, desnudo cadáver cubierto de mirra después de la Pasión». Aparece aquí, de pronto, la mención a un cuerpo
entero, cuando la Iglesia sólo aceptaba como reliquia a la Mandylion, que representaba un rostro; algo que no se explica muy bien, salvo que de pronto apareciera un sudario completo, ya que el patriarca alude a un desnudo cadáver; salvo que al examinar la tela, el jefe de la Iglesia de Oriente, la hubiera desplegado. Otra referencia a un sudario, en el que se apreciaba claramente la figura de Cristo, y que se exhibía todos los viernes en la capilla de Santa María de Blachernae, la encontramos el la Crónica de la Cuarta Cruzada, en 1.204, de Robert de Clarí, donde narra los acontecimientos anteriores a la caída de Constantinopla en manos de los cruzados.

¿Se trata de la misma tela o aparece por primera vez un sudario que se mantuvo oculto desde la muerte de Jesús por temor al escándalo? La segunda posibilidad nos plantearía un nuevo problema: ¿cómo pudo guardarse durante 1.200 años una reliquia tan prodigiosa sin que nadie hiciera ni la más mínima mención de su existencia? Se trate de la misma o sean dos, seguramente acabó sufriendo las consecuencias del vandálico pillaje llevado a cabo por los cruzados, y eso explicaría su aparición, apenas siglo y medio más tarde, en Occidente.
El escándalo al que aludimos es la figura entera y desnuda, que sería el motivo por el que permanecía el sudario plegado. Aunque hoy nos parece irrelevante, hay que insistir que, para la mentalidad de la época, sería inadmisible el contemplar la desnudez del cuerpo de Jesús y, por tanto, motivo suficiente para mostrar siempre el sudario doblado para que sólo se le viera la imagen del rostro.
De todas formas ya tenemos alguna conclusión, la Verónica no era una mujer, sino una palabra: Verónica = Vero icono = Verdadera imagen. Y que esa imagen y el sudario pueden ser lo mismo, uno copiado y el otro doblado.

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El Sudario de Turín

Hay otra posibilidad que nadie, hasta ahora, ha apuntado. Y es la posibilidad de que la Sábana sea, no una falsificación, sino una COPIA de un original perdido. Lo que explicaría las anteriores irregularidades y su datación, dejando entonces a salvo lo más importante, que la imagen es una reproducción de la de Jesucristo y es, por tanto, la ÚNICA PRUEBA FÍSICA QUE TENEMOS DE SU CUERPO.
Al menos hasta ahora.

 

El volcán palestino

Escogimos un mal momento para visitar Jerusalén. Unas semanas antes, Ariel Sharon, líder del likud, una organización político-religiosa donde se aglutina la extrema derecha israelí, y ahora presidente del estado de Israel, había decidido que como ciudadano de Jerusalén tenía el mismo derecho que un palestino a pasear por la explanada del Templo; hasta ese de momento de uso exclusivo para los musulmanes. En las imágenes de la televisión aparecía fuertemente escoltado por una muralla de guardaespaldas, tranquilo y exultante, pues sabía que aquella provocación daría al traste con las negociaciones de paz y, a su vez, con el muy debilitado gobierno de Barak.

 

La "ciudad de la paz", que en su milenaria historia nunca hizo honor a su nombre, amanecía con la dorada cúpula del Domo de la Roca asfixiada bajo el humo de los gases lacrimógenos del ejército israelí. Se estaba fraguando la segunda Intifada y con ella un conflicto que, a la hora de escribir estas líneas, no parece tener una fácil solución. Una guerra de piedras contra balas, de David contra Goliat, en la que algunos descendientes de aquellos judíos que se sufrieron la diáspora se habían convertido en sádicos opresores, esgrimiendo un derecho divino muy difícil de justificar. Centenares de muertos, miles de heridos y mutilados, y varias generaciones que no conocen otra patria que los campos de refugiados, son el rédito de una región de la que surgieron tres de las religiones fundamentales de nuestra civilización; pero, también, de donde brotaron algunas de las atrocidades más escalofriantes de la historia.

En los tiempos de Jesús, Palestina vivía en una situación similar. Los muertos y torturados se contaban por decenas de millares y los soldados romanos observaban a los paseantes con la misma altanería y desprecio que la de esos jóvenes uniformados que controlan cada esquina de la ciudad vieja de Jerusalén. Como entonces, tanto unos como otros, procedían de países extranjeros y se consideraban justificados por un voluntad superior.
Solamente entre los años 66 a.C. y 6 de nuestra era, se dieron en Palestina treinta y seis insurrecciones contra el invasor romano; sin olvidarse de las terribles masacres consecuencia de las guerras del 66-70 y 132-135 d.C. Todo este cúmulo de tensiones condujo a la destrucción del templo de Salomón, del que sólo se conserva el llamado "muro de las lamentaciones", y a la diáspora de los judíos, que darían paso a las terribles masacres fruto de las sucesivas cruzadas que emprendió occidente para apoderarse de los Santos Lugares, que habían caído en manos de los musulmanes.
Al igual que para EE.UU. hoy en día, para Roma aquel territorio sólo tenía un valor estratégico; su importancia consistía en su situación como puerta a las regiones del Asia Menor, Egipto y Mesopotamia; y las cuestiones religiosas eran consideradas como un aspecto secundario, al que no le daban más importancia que la que podía derivarse de un conflicto de orden. Por esa misma razón, las costumbres religiosas de los judíos eran respetadas y se descargó en ellos toda la responsabilidad para el control de sus manifestaciones. Con ese objeto se creó el Sanedrín, una asamblea compuesta por 71 sacerdotes, que detentaba el poder religioso; aunque, naturalmente, bajo el control de un etnarca impuesto por Roma. Dentro de sus atribuciones estaban el mantenimiento del orden público y la administración, confiriéndoles la capacidad de dictar sentencias de muerte si el caso lo requería. Como suele pasar con este tipo de poderes de vasallaje, el Sanedrín estaba controlado por las clases más acomodadas, que se plegaban sin ningún esfuerzo a todos los designios del Imperio para, de esta forma, mantener sus privilegios; llegando, incluso a solicitar, con motivo de la rebelión del año 6 protagonizada por el zelote Judas de Gamala, que se sustituyera al etnarca directamente por un poder militar, el "praefectus", que controlara con mano férrea el área político-económica. Esta clase sacerdotal y corrupta estaba integrada por los Saduceos, que se convertirían en uno de los principales objetivos de las críticas de Jesús; al igual que los Fariseos, que teniendo un carácter más religioso que político, nunca se manifestaron claramente en contra del poder invasor, y que fueron utilizados en sus sermones como ejemplo de la ambigüedad. La situación derivó un una lógica crispación social por lo que muchos consideraban una clara traición al pueblo israelí y a los designios establecidos por Dios en las Sagradas Escrituras, generando dos fenómenos paralelos de fanatismo: los esenios y los zelotes.
Indignados por lo que ellos consideraban un abandono del orden antiguo, un grupo de sacerdotes habían decidido abandonar el Templo y retirarse al desierto de Qumrán. Aislados del mundo y sometidos a las inclemencias de una tierra inhóspita, practicaban el celibato y una vida sencilla. Esta secta disidente, que sería conocida más tarde como los Esenios, o sea, los "Santos", eran partidarios de la estricta observancia de las antiguas leyes y preconizaban la recuperación del trono por un descendiente directo de la línea de David, deplorando la connivencia de un clero domesticado por las prebendas del poder; lo que suponía una explícita oposición al poder romano. A ellos se deben los famosos rollos del Mar Muerto, hallados en las cuevas de Qumrán, que suponen la prueba más importante sobre los orígenes del cristianismo.
En cuanto a los Zelotes, originarios de Galilea, la provincia del norte, estaban compuestos en su mayoría por radicales que se oponían a la opresión romana utilizando para ello todos los medios a su alcance. Podría decirse que eran lo más parecido a un grupo de resistencia armada que practicaban acciones de guerrilla en la misma Jerusalén, aprovechando las grandes aglomeraciones que se daban en la ciudad por el continuo tránsito de peregrinos.
Tanto saduceos, como fariseos, esenios y zelotes acabarían desapareciendo, conjuntamente con Jerusalén, tras la victoria final de Tito en el año 70 d.C.
Sobre la relación de Jesús con estos dos grupos se han establecido multitud de teorías, desde los que afirman que era hijo de Judas de Gamala, el líder zelote, hasta los que establecen una estrecha relación durante su "incógnita" juventud con algún tipo de iniciación en las doctrinas esenias. No se puede negar, tras la aparición de los rollos de Qumram, que las coincidencias entre el pensamiento esenio y la doctrina de Jesús, van más allá de una cierta sincronía; sobre todo cuando la rebelión de los esenios data de dos siglos antes de nuestra era. En cuanto a los zelotes, la toma de postura adoptada por Jesús en la última época de su vida, así como las circunstancias de su prendimiento y ejecución, nos hablan de una estrecha relación, sino directa, al menos de mutua simpatía. Jesús era un hombre público y de su tiempo, y como tal no podía ser ajeno a la crítica situación social que le había tocado vivir. Según nos narran los evangelios, su discurso espiritual estaba destinado a la liberación del hombre, lo que presuponía un tajante rechazo de aquellos que imponían su razón por las armas. Además, al autodenominarse rey de Israel (Pilatos se refiere al hablar de El como «el que llamáis Rey de los Judíos»), estaba tomando una postura claramente política, que le valdría la oposición del Sanedrín y su denuncia ante el prefecto romano.  Como ya explicamos en nuestro libro "Los enigmas de Jesús", a pesar de sus posibles orígenes aristocráticos, — algo que ciertos sectores de la Iglesia empiezan, por fin, a reconocer—, siempre se sintió a gusto con los más humildes. Al menos eso se desprende de los Evangelios. Esta postura contraria a los privilegios y el enriquecimiento despertaría también las suspicacias de los Saduceos que dominaban ampliamente el consejo judío. Si a ello añadimos su entrada triunfal en la ciudad de Jerusalén, tenemos que concluir que su presencia, tanto para los romanos como para los judíos, por así llamarlos, "colaboracionistas", empezaba a consistir un serio problema, en una tierra que estaba al borde de la subversión; si no era él mismo quien la encabezaba...

 

El mártir Poncio Pilato

Resulta muy difícil establecer la verdad en una historia plagada de manipulaciones y, — por qué no decirlo—, amputaciones. Durante los siglos IV y V, los monjes copistas se dedicaron a una intensa labor de criba en todo tipo de texto relacionado con la vida de Jesús.

Se cambiaron palabras, se trastocaron nombres y se añadieron pasajes, algunos tomados directamente de tradiciones gnósticas, con el solo propósito de borrar de la figura de Jesucristo todo aquello que contradecía las posturas de esa nueva ideología concebida por San Pablo y continuada por los artífices del cristianismo cómo religión.Nótese que el papa Gregorio I, que reinó desde el 590 al 604, mandó quemar los archivos del antiguo imperio romano; seguramente con la intención de eliminar cualquier referencia contemporánea a Jesús que pudiese ser demasiado esclarecedora. Alguna, naturalmente, se le escapó; como también, en su piadoso celo, se les deslizaron unas cuantas incoherencias a los monjes censores. Así, para ocultar las circunstancias de la huida de Jesús tras su entrada en Jerusalén y el incidente con los mercaderes del templo, — lo que supondría que no iba dispuesto, en un principio, a aceptar el sacrificio y que fue prendido por otras razones, de las que hablaremos más adelante—, nos cuentan que tras la cena de Pascua, se dirigieron al Huerto de los Olivos; algo totalmente imposible, pues el huerto se encontraba a las afueras de Jerusalén y las puertas de la ciudad estaban cerradas y fuertemente vigiladas de noche, lo que impedía que nadie saliera; además, tal decisión iría en contra de las prescripciones para la Pascua reflejadas en el Exodo (12,22): «untaréis el dintel y las dos jambas con la sangre de la vasija; y ninguno de vosotros saldrá hasta la mañana». Como también podemos recordar su entrada en la ciudad montado en un asno, cuando es bien sabido que no se permitía la circulación de ningún tipo de animal por la Ciudad Sagrada, pues es consideraba que era una forma de mancillarla; por el contrario, los animales que estaban destinados a los sacrificios se los introducía por la puerta Norte, muy cerca de la zona del templo donde se guardaban antes de las ceremonias.
Todas estas confusiones, y cientos más que un análisis detallado podría revelar, envuelven la historia de Jesús en un amasijo de incoherencias que muchas veces se vuelven estupor cuando se desliza una verdad que pueda contradecirlas de pleno. Este es el caso de la santificación por parte de una de las iglesias más antiguas de oriente, la Copta, de dos personajes tan inesperados en los altares como Poncio Pilatos y su esposa Claudia Prócula. Sin embargo, esta iglesia, que se halla por razones temporales más cercana que muchas otras a los inicios del cristianismo y, por tanto, ha tenido un contacto más directo con los hechos realmente acaecidos, no duda en nombrarlo mártir. ¿Quiere esto decir que el malo de la película no lo es tanto, como acabó decidiéndose en versiones posteriores del guión? ¿O es que su comportamiento con Jesús fue más allá de "lavarse las manos"?...

...esta connivencia de Poncio Pilatos con los zelotes, podría explicar el confuso pasaje de la liberación de Barrabás, al parecer, un zelote condenado por asesinato durante un motín perpetrado contra la torre de Siloé (fortificación que se encontraba en el ángulo sudoriental de la muralla de Jerusalén). Podría decirse que de esta forma mataba a dos pájaros de un tiro: por un lado, pagaba el favor, liberando a Barrabás; y, por otro, seguía con lo que parece ser una farsa montada en torno a la muerte de Jesús: Ya que después de consentir que se crucifique a un hombre el viernes, cuando a la puesta de sol se inicia el sabbat y todos los cuerpos tienen que ser descolgados, y de que extrañamente no se le quiebre ningún hueso, (el célebre crucifragium que se aplicaba como medida de piedad, en este caso totalmente contraproducente), permite a José de Arimatea que lo entierre en una tumba, cuando la ley romana estipulaba claramente que los crucificados debían ser arrojados a una fosa común, "fossa infamia", tal como aclara Tácito en sus Anales: «Los condenados a muerte, además de la confiscación de sus bienes, eran privados de sepultura». Todo esto, mostrando su extrañeza por la rapidez en morir de Jesús; pues, como él mismo sabía, los condenados podían tardar en perecer de dos a tres días. ¿Se debió todo aquello a algún tipo de soborno o estaban por medio las profecías de las sibilas a quien era tan aficionado el emperador Tiberio? Éste, famoso por su indiferencia hacia los dioses romanos, había escuchado a los oráculos que se avecinaba la llegada de un rey en oriente, lo que quizás le indujo, en algún momento, a considerar la posibilidad de destituir a Herodes Filipo y nombrar a Jesús tetrarca de Galilea, para apaciguar la resistencia judía.

Posiblemente, el conocimiento de esa parodia indujo a los saduceos a denunciar a Pilatos ante Vitilio, gobernador de Siria y jefe inmediato de Pilatos; lo que le obligó a viajar a Roma para rendir cuentas. Un motivo bastante más creíble que el episodio, también referido por Flavio Josefo, de la masacre llevada a cabo contra unos cientos de samaritanos que se reunieron en el pueblo de Tirathana, para ascender al monte Gerezim, donde creían que se encontraban los vasos sagrados escondidos por Moisés; más cuando era labor de un prefecto reprimir cualquier tipo de aglomeración que pudiera alterar el orden. Pero cuando Pilatos llegó a la capital del imperio, se encontró con que Tiberio había fallecido y ocupaba su lugar Calígula. El castigo no se hizo esperar y Pilatos fue depuesto; terminando por suicidarse en Viennes (Francia) el año 39. Las tradiciones de la zona (ver nuestro libro: "La verdadera tumba de Jesús") lo aseguran insistentemente.

 

El candidato de los zelotes

Perteneciera directamente o no a la secta de los zelotes, Jesús, que era descendiente directo y de la tribu de David (los Evangelios lo aseguran con rotundidad) se había erigido como el nuevo Mesías, el rey de Israel. Y, como tal aspirante al trono es recibido a su entrada en Jerusalén con gritos de "Hosanna", que significa "libéranos". No obstante, según muchos estudiosos, se ha confundido voluntariamente la fecha de este recibimiento con el día de Ramos; cuando, lo más seguro que se trate de la "Fiesta de los Tabernáculos", en la que las familias adornaban sus chozas con ramas de todo tipo, fundamentalmente palmeras, y que tenía el sentido de reproducir los goces que les esperaban en el futuro reino mesiánico, o sea, era una fiesta que celebraba la espera del rey venidero. No era de extrañar que en esa celebración se dieran brotes de reclamaciones políticas y sería la fecha perfecta para la llegada de Jesús como aspirante al trono de Israel.

Llega entonces el extraño pasaje en el que Jesús, contrariamente a su trayectoria, — al menos, tal como aparece en los evangelios—, la emprende a golpes con los mercaderes y cambistas del templo. ¿Por qué esta actitud con los que vendían a los peregrinos todo lo necesario para realizar las ofrendas? ¿Estaba realmente indignado con una escena que no podía extrañar a ningún judío o se trata, otra vez, de una deformación de nuestros piadosos copistas? Nos encontramos aquí con un curioso párrafo del historiador romano Celso, extraído de su Discurso Verdadero, y que nos puede aclarar la insólita rapidez de la posterior prendición de Jesús y la brevedad de los trámites legales que le siguieron.

«Pero, ¿cómo recibió como Dios a aquel que, entre otras cosas motivo de queja, no realizó nada de lo que había prometido? Aquel que, convencido, juzgado y condenado al suplicio, se escapó vergonzosamente y fue capturado de nuevo en las condiciones más humillantes, gracias a la traición de aquellos mismos a los que él llamaba discípulos».

Léase bien: «capturado de nuevo». ¿Quiere esto decir que Jesús ya había sido detenido, juzgado y condenado antes y, por eso, cuando Pilatos le envía ante el Sanedrín, después a Herodes Antipas y vuelve otra vez a Pilatos, se trata de un reconocimiento de puro trámite, pues las tres autoridades legales sabían perfectamente de quién se trataba y cuál era su sentencia? Entonces, ¿por qué causa y en qué ocasión le prendieron antes? El motivo se halla en la disputa con los mercaderes.

Jesús entra en Jerusalén aclamado por sus seguidores zelotes que armados con ramas lo reciben como un libertador. Pasados unos días, se dirigen al templo y se encuentran con los comerciantes, en su mayoría saduceos y fariseos, y comienza el altercado. (Es imposible que en una ciudad tan vigilada, Jesús hubiera podido armar tal gresca y salir tranquilamente hacia Betania, como indican los evangelios, sin que hubiera intervenido ninguna patrulla romana). Se produce, en aquel momento, la primera detención de Jesús y, posiblemente, el diálogo donde contesta descaradamente a Pilatos. Por alguna desconocida circunstancia consigue escapar y se refugia a las afueras de Jerusalén. ¡Y pasa seis meses escondido!; el tiempo que media entre la fiesta de los Tabernáculos y la Pascua judía (si esta fecha no se trata simplemente de una adecuación a efemérides paganas, como ya señalamos anteriormente). Por eso incumple lo que había prometido, al huir sin lograr su objetivo. Por eso la brevedad en los trámites legales: se trataba de la fuga de un condenado. Lo que fue un nuevo intento, entre tantos otros, de rebelión para instaurar un reino davídico en Israel, terminó con la fuga del líder y la posterior denuncia, motivada por la decepción, de alguno de sus seguidores.

 

LA CLAVE DEL MISTERIO

La desaparición del cuerpo

Se ha especulado mucho sobre la fecha de la muerte de Jesús. Unos afirman que el año 27, y otros el 30, 33 o 35, atendiendo a las fases de la luna y su relación con las celebraciones de la religión hebrea. Sin embargo, otros como San Ireneo, le adjudican al Mesías la friolera de 50 años, pereciendo bajo el gobierno de Claudio. Atendiendo a la insuficiencia de pruebas, gracias a los esmeros de la Iglesia o a la carencia de noticias relevantes sobre el tema hasta el siglo II, resulta un tarea ímproba y con escasa posibilidad de éxito. ¡Siempre que fuera cierto que Jesús murió en el suplicio de la cruz y no sobrevivió malherido una temporada o que su cadáver hubiera sido substraído para confirmar la resurrección!

En nuestra entrevista con el padre dominico...

...le planteamos esa posibilidad y las consecuencias que tendría para el cristianismo el hallazgo de un osario con los restos de Jesucristo. Su respuesta fue tajante: esa posibilidad ya había sido prevista por San Pablo (¿quién sino?) en su Primera Epístola a los Corintios, 15:

«Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con que cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tu siembras no revive si no muere. [...] Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual. [...] Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos; ni la corrupción hereda la incorrupción. ¡Mirad! Os revelo un misterio: No moriremos todos, mas todos seremos transformados. En un instante, [...] los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad».

Según eso, poco importa el soporte físico, y por tanto la Iglesia podría seguir confirmando la resurrección de Jesús basándose en los testimonios de sus apóstoles. Pero entonces, a qué viene tanto esfuerzo en escenificar una historia que sólo se sostiene en unas declaraciones.
Según la tradición el sepulcro se hallaba en una finca propiedad de José de Arimatea que, de acuerdo a su alta condición social, consistía en una amplia cripta, con nichos a los lados y un espacio suficiente en el centro para varias personas. El cuerpo de Jesús fue trasladado hasta allí y cubierto con un simple sudario. Pero cuando, pasado el sábado que es preceptivo descansar, María Magdalena fue hasta el sepulcro, se topó con estaba vacío y apartada a un lado la piedra que lo clausuraba. ¿Necesitaba un cuerpo espiritual, en palabras de San Pablo, separar un bloque de piedra para liberarse de su encierro? (Volvemos a insistir, como ya hicimos en "Los enigmas de Jesús" y en "La verdadera tumba"). Quizás sí, porque se trataba de una resurrección también física. Una resurrección física que se manifestaría en varias ocasiones y que los evangelios se encargan de realzar como una de las principales pruebas de su divinidad, incluso recalcando que se trataba del mismo cuerpo, con todas las señales producidas por el martirio, como bien se encargó de constatar el escéptico Tomás. De ello podría deducirse, también, que Jesús había conseguido sobrevivir al suplicio de la cruz, aunque muy afectado por las múltiples heridas.
Todas estas cuestiones sólo tendrían validez en el caso de que José de Arimatea hubiera convencido a Poncio Pilatos de que el cuerpo del Mesías no fuera arrojado a la fosa común, como establecía claramente la legislación romana. En el caso de que así fuera, el enigma se diluiría ante la práctica imposibilidad de localizar tales restos.
Un dato para el misterio, y también para la desesperanza, son las referencias a Juliano el Apóstata y la orden que dio, en el año 362, de abrir una tumba en Makron de Samaria y quemar los restos y dispersar las cenizas «de aquel a quien los judíos adoran como un dios, aquel a quien pretenden resucitado». ¿Se trataba del cuerpo de Jesús o de San Juan Bautista como afirmaron los cristianos, aunque éste último no figurara entre los resucitados? ¿O se ha perdido esa tradición?
Una fosa común, cenizas esparcidas o resurrección. El cuerpo de Jesús seguía escondido en el laberinto de las pocas referencias históricas que podíamos encontrar sobre el tema. Alguien parecía muy interesado en dejar pistas falsas y borrar toda posible huella

 

Dos posibles hallazgos

Al comienzo de este libro, nos referíamos a los días pasados en Francia, investigando el caso de Rennes-le-Château. Un misterio que se había originado a partir de las obras realizadas por el padre Bérenger Saunière, en 1886, para restaurar su iglesia de Saint Marie Madelene. Según parece, el religioso había encontrado unos pergaminos en los que se hacía referencia a algo de gran valor. Aunque no pudo demostrarse la existencia de tal tesoro, el párroco comenzó a llevar una vida completamente distinta, colmada de toda clase de lujos, como si dispusiera de una fuente inagotable de dinero. En un principio, la relevancia del tema no parecía llegar más allá del sospechoso enriquecimiento de un cura de humilde procedencia y escasos recursos; pero al descubrir las sorprendentes relaciones sociales del cura, entre las que se contaban desde archiduque Juan de Habsburgo hasta Claude Debussy y un sin fin de personajes relacionados con organizaciones esotéricas de aquella época, comenzamos a sospechar que tras el tesoro oculto del abate de Rennes-le-Château se escondían los indicios de algo más inquietante, algo que sobrepasaba la pura anécdota de un hallazgo. Investigaciones posteriores fueron descubriendo en la región la riqueza de un pasado histórico que parecía constituir un sinuoso hilo donde engarzar las enigmáticas cuentas de una voluntad milenaria. Todo parecía apuntar a que Jesucristo o sus restos, no habían permanecido en Jerusalén, sino que habían acompañado a María Magdalena, su esposa, en un viaje de huida a Francia, donde habían sido acogidos por una comunidad de judíos esenios. Las pruebas apuntaban hacia un plan milenario para proteger un valioso tesoro. Y ese tesoro no sería otro que el Santo Grial, la «Sang Raal», encarnada en la estirpe y los descendientes de Jesús, la sangre «verdadera», engendrada por María Magdalena. La custodia de esa descendencia sería encomendada a una misteriosa orden denominada el Priorato de Sión, fundada en Jerusalén, y de la que surgirían los Templarios. Esta orden, que sigue activa hoy en día, tendría como misión el restablecimiento de una monarquía davídica con alguno de los sucesores legítimos de Jesús, procedentes de la antigua dinastía de reyes francos: los merovingios.
Entre las claves que ofrecía el enigma, estaba la localización de la tumba donde se hallaban los restos de Jesús a partir de un cuadro del célebre pintor Nicolas Poussin, Les Bergers d'Arcadie. Una pintura de la que el cura de Rennes-le-Château había adquirido una copia en el Louvre de París y que representaba a unos pastores, acompañados de una dama, que observaban intrigados una tumba escondida en el bosque, en la que aparecía una misteriosa inscripción: "Et in Arcadia ego", que, según todos los indicios, hacía mención a la presencia en su interior de los restos de Jesucristo.
La localización del lugar en que se inspiraba el cuadro, por parte de Gérard de Sède, (primer descubridor del misterio de Rennes-le-Château), y la sorpresa de que además, en ese mismo sitio, se encontraba una tumba como la que aparecía representada en la tela, supuso la confirmación de que Poussin había pintado con algún secreto propósito aquella escena. Quizás se trata de un encargo realizado a un miembro de una secta hermética, para hacer visible un mensaje hacia otros iniciados. La tumba se hallaba en el lugar de Les Pontils, sobre un promontorio rocoso en las márgenes del río Rialsesse, muy cerca de la localidad de Arques. Y lo cierto es que tanto la vegetación como el túmulo encontrado recordaban en mucho a los de la escena pintada por Boussin. Sin embargo, su contemplación era del todo imposible, pues el propietario de la finca, harto de fanáticos buscadores de tesoros, decidió demolerla a golpe de excavadora en 1988, restando sólo como recuerdo de su emplazamiento la piedra base de su estructura. Según declaraciones de las personas que se hallaban presentes en la demolición, la tumba estaba completamente vacía y no estaba marcada con ninguna inscripción, ni símbolo, por donde la posibilidad de encontrar alguna pista, que sirviera para esclarecer los motivos de su alzamiento, se esfumó.

Osarios y también vacíos fueron los que tuvimos la oportunidad de observar, gracias a la amabilidad del joven arqueólogo Zevi greenhuth. Pero eso, por su importancia capital y auténtico motivo de nuestro viaje a Israel, debemos de tratarlo aparte y con todo detalle...

 

...

EL GRAN DESCUBRIMIENTO ¿LA RESOLUCION DEL MAYOR MISTERIO DE LA HISTORIA?

Se trata de un grupo de cuatro arquetas, de la época de Jesús, de 1m. de largo por 30 cm. de ancho, aproximadamente, que fueron encontradas recientemente en un sepulcro cercano a Jerusalén. Su función era la de recoger los huesos, una vez descompuesto el cuerpo que anteriormente había sido colocado en la sepultura; esto permitía la utilización de la tumba por varias generaciones, ya que los osarios ocupan mucho menos espacio.

Lo interesante de estos osarios se encuentra en las inscripciones que aparecieron grabadas en cada uno y que pudo convertir este descubrimiento en el centro de la atención mundial, sin embargo pasó desapercibido, fuertes intereses se encargaron de ello:

Escritos en hebreo, aparecían en las arquetas  los nombres de José, María, Tomás y, aunque con dificultad, podía leerse en el último, Jesús - hijo de José. Al instante se dispararon las especulaciones que consideraban como especialmente reveladora la coincidencia con los nombres de la Sagrada Familia y el supuesto hermano gemelo de Jesús, Tomás (ese es su significado en hebreo y quienes admiten esta teoría se apoyan en la anécdota que aparece en Los hechos de Tomás, cuando a Jesús se le aparece un hombre joven: «vio al Señor Jesús en la semejanza del apóstol Judas Tomás. [...] El Señor le dijo: Yo no soy Judas que es también Tomás, yo soy su hermano»). Sin embargo, como nos aclaró rápidamente Zevi greenhuth, esta coincidencia no se puede tomar en consideración pues esos nombres (José, Jesús y María) eran muy comunes en la época de la que hablamos y podía tratarse de cualquier familia. Claro que, como veremos más adelante, voluntaria o involuntariamente, se olvida (igual que todos los demás que participaron en el descubrimiento y excavación) de la cuarta arqueta y el nombre que en ella figura; lo que resultará de una importancia fundamental.

 

EL ESLABÓN PERDIDO

Como ya indiqué en el capítulo anterior, todo el mundo pareció olvidarse de la arqueta que pone TOMAS.
 
Al respecto de los nombres, y para evitar futuros malos entendidos, es necesario hacer una aclaración. Este libro está escrito en castellano, y por tanto los nombres siempre los escribo en ese idioma. Por supuesto que en las arquetas no ponen: Jesús, María, José y Tomás; sino los signos hebraicos cuyas traducciones darían esas palabras. Por ejemplo TOMAS es la castellanización de la transcripción fonética aceptada para los signos TAOMA. En griego (que era algo así como el inglés de la época, el idioma de comunicación internacional) se traducía por DÍDIMO. Por eso en las traducciones de los evangelios (en las ediciones que nosotros leemos) se cita a: "Tomás, llamado Dídimo".

Se nos hizo referencia a un artículo escrito a poco de circular,  entre los especialistas, la noticia de la aparición de las arquetas. El autor negaba la posibilidad de que pertenecieran a la familia de Jesús: "Por que estaban escritas en hebreo y la lengua de Jesús, como natural de Galilea, era el arameo".
Muchos de los errores de interpretación de los auténticos orígenes y doctrina del primitivo cristianismo (tema sobre el que estamos preparando un nuevo libro) vienen de ahí; unidos, naturalmente a los cambios e interpolaciones efectuados por los copistas de los primeros siglos. Los Evangelios, hoy no se puede dudar, estaban escritos en hebreo; y esa debía de ser la lengua de la familia de Jesús. Al referirnos a los Evangelios, queremos decir los textos originales que, los expertos, consideran son de un mínimo de cuatrocientos versículos, de entre los conservados.

Los copistas y traductores cristianos no lo sabían, o no lo querían saber. Por eso la cita anteriormente referenciada: "Tomás, llamado Dídimo". Esto es: "Gemelo, llamado Gemelo". Lo que aclara el enmascaramiento que ha perdurado, e influido, hasta ahora. Tan hasta ahora que nadie ha reparado en, como demostraremos al final del libro, la importancia CAPITAL DE ESTE NOMBRE EN LAS ARQUETAS HALLADAS. Unidas a que en los pasajes de las Escrituras donde se traduce por "familiares" (algunos traductores por lo que han corregido, se les debería considerar como verdaderos coautores) o "primos", debería poner "hermanos". Por tanto Tomás sería "el gemelo" de Jesús. El HERMANO GEMELO.

 

¿DÓNDE ESTÁ EL CUERPO?

Las arquetas están, allí las hemos fotografiado pero y ¿los huesos?
Extrañamente se nos aparentó indiferencia, algo así como que no estaban cuando se encontraron las arquetas. Sin embargo eso no era cierto. Estábamos seguros, nos lo habían asegurado y así lo afirmamos; entonces  el arqueólogo adquirió un manifiesto tomo de reserva. No necesitábamos explicaciones.
Es un rumor muy extendido la actitud de los judíos ortodoxos de Israel y los  arqueólogos con respecto a las excavaciones. Opuestos, los primeros, tajantemente a que éstas se realicen en tumbas o cualquier paraje donde se encuentren restos humanos, su actitud de boicot sólo decrece cuando se les permite la exhumación de los restos; llegándose a la situación, totalmente ilegal por otra parte, en que los arqueólogos hacen la vista gorda a sus saqueos, si quieren continuar las excavaciones sin problemas. Y quizá, también, porque ideológicamente no estén ambas partes tan distantes.
El caso es que, cuando se excava una zona donde pueden aparecer restos humanos, los ultraortodoxos, siempre vestidos de negro, con sus típicas trenzas, su larga barba y su sombrero y traje negros; montan guardia. Sí algún hueso aparece es normal que se lo dejen llevar; así como objetos de culto (lámpara, vasija de aceites, etc.).
En el caso de que los huesos contenidos en el osario con la inscripción "Jesús - hijo de José" perteneciesen de verdad al que fue llamado el Mesías, se daría la triste paradoja de que terminarían en las manos de los descendientes en ideología de los que un día fueron sus más feroces enemigos. 

 

 

 

ANÁLISIS Y REFLEXIÓN

 

Hemos examinado en este libro dos  puntos básicos en referencia al CUERPO físico de Jesús. En nuestro anterior libro "La verdadera tumba de Jesús" ya expresamos nuestras dudas sobre la posibilidad, apuntada por varios autores, de que cerca de Arques estuviera enterrado su CUERPO, o el de alguno de sus sucesores. Aunque cabría la posibilidad de que fuera un segundo enterramiento, lo que ahora descartaremos inclinándonos definitivamente por la segunda posibilidad; a no ser que estuviera vacío, al ser descubierto, el sarcófago encontrado en Jerusalen.

Estos dos puntos son:

La Sábana Santa de Turín.

Tumba y Sarcófago de Jerusalén.

El primero parece ahora claramente una impostura. Pero apuntamos la posibilidad de que sea una copia de un ORIGINAL PERDIDO. Lo que explicaría casi todo. En ese caso sí estaríamos ante la auténtica representación de su cuerpo.

El segundo nos decidimos, sinceramente, por su autenticidad. Ya que sería mucha casualidad encontrar un enterramiento en la zona,  y más de una tumba de hombres importantes, en las que figuren los nombres de Jesús hijo de José,  su hermano Tomás y María.
Es de advertir, en contra de los que esgrimen la causa de la pura casualidad, que sería una coincidencia mucho mayor de lo que parece a primera vista. Ya muchos autores han asegurado de antiguo que Jesús tenía un hermano gemelo (en hebreo Tomás). Por lo tanto aquí no sólo coincidiría una familia con los mismos nombres, sino que tienen GEMELOS. Hemos efectuado un cálculo de probabilidades en el que hemos incluido hasta un 25% de habitantes con un nombre: José, Jesús y María en su familia, e integrado el dato de que coincidan con gemelos (estimado en un 2 por 1000 ). La posibilidad de que ahora coincida es de 0´8 entre un millón. Si fuera una lotería podríamos apostar sobre seguro.

Si los huesos no están, sí estaban cuando fueron desenterrados. Los arqueólogos miran para otro lado al hablarles del tema, está bastante claro lo que con casi certeza ocurrió...

 

FINAL

 

La última conclusión, o si se prefiere decirlo, posibilidad, no se ha de negar que es realmente chocante y de una suprema IRONÍA.
Según los Evangelios fueron los más ortodoxos y recalcitrantes miembros del judaísmo los que crucificaron a Jesús, y aquí apuntamos la posibilidad, más que probable, de que sus huesos, sus restos mortales, los hayan enterrado y escondido, ahora, los mismos descendientes espirituales de aquellos que, según los Evangelios, más presionaron para matarle; los actuales ultra ortodoxos judíos; esos curiosos hombres vestidos de negro, con largas barbas y coletas que aparecen el los telediarios en furiosas protestas contra alguna presunta profanación de sus rígidas creencias.
A Jesús, como hombre, eso le hubiera hecho, seguramente, mucha gracia. Las Escrituras nos lo describen a manera de persona afable, llena de sensibilidad y fino buen humor.

De todas maneras no supone ninguna conclusión contra la fe cristiana, en todo caso sería contra alguna interpretación de las Iglesias. En primer lugar hemos de recordar que ya existió el llamado arrianismo (arraigado en España hasta el siglo VI por los visigodos) y el monofisismo (mayoritario en Egipto, tierra próxima a los hechos que desembocaron en el cristianismo como religión, hasta su incorporación al Islam) en ambas corrientes religiosas, prescindiendo de complicadas sutilezas teológicas, Cristo no era exactamente como nos lo enseñaron. La aparición de sus restos físicos es un simple hecho histórico para el no creyente, y para el que lo es, no puede restar nada contra la fe y la esperanza en la resurrección; al respecto nos remitimos a San Pablo, en la cita, suficientemente explícita, que hacemos en este libro.

 

 

Notas del autor:

Algunos nombres de personas a las que citamos en este libro han sido cambiados por su expreso deseo.
Aunque a este libro le hemos procurado dar un ritmo novelesco para hacer más amena la lectura, lo cierto es que la investigación-recorrido la efectuamos más o menos así, y los hechos que se narran son absolutamente ciertos. Y es que como siempre: "La ficción solamente es superada por la realidad".

 

Cuando enviamos el original a imprenta, el conflicto entre israelíes y palestinos seguía sin resolverse y nada parece indicar que se vaya a solucionar en el futuro. Realmente es complicado, como observamos in situ, resolver algo en lo que se juntan injusticias históricas, fanatismo religioso, intromisiones externas, y abismales diferencias sociales. De esto último apenas se habla, pero yo creo que es una razón decisiva y que deriva en dos vertientes. La primera es la diferente concepción de comunidad, patria y familia. La segunda es de tipo económico. En ambas, y según nuestro parámetro socio-político actual, los palestinos viven mucho más retrasados que los israelíes.
¿Habría el mismo conflicto si los palestinos vivieran igual de bien que los israelíes y sus hijos tuvieran las mismas oportunidades?
En todo caso sólo cultura, tolerancia, y buena voluntad, podrán solucionarlo. Naturalmente cultura auténtica, totalmente alejada de los nefastos planteamientos nacionalistas que siempre tienden a lo mismo, a la intolerancia y a la guerra. No existe ningún nacionalismo que no lleve el germen del totalitarismo, con sus intentos de implantación por la violencia física, o intelectual. Ya que no deja de ser violencia el mentir descaradamente sobre la historia y pretender implantar, por simple imposición, cualquier pretendido idioma para crear una falsa identidad diferente. Y de mirar al vecino como miembro de ese "algo" diferente, a considerarlo un enemigo al que se debe agredir, hay un paso. Un paso muy pequeño. En Israel (y por desgracia también en otras partes) lo dan casi todos los días.